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3 de octubre de 2009

Ardi: la incógnita del eslabón perdido

Investigadores gallegos creen que el hallazgo de la tatarabuela humana no despeja el enigma evolutivo


Ardi trepaba por los árboles pero también andaba sobre sus dos pies (Reuters)



MAR MATO - VIGO Lucy, con unos tres millones de años de antigüedad, ha dejado de ser la tatarabuela de la especie humana. En las últimas horas, un especial de Science ha confirmado a Ardi, un fósil de hace 4,4 millones de años, como la homínida con nombre propio más antiguo. Para la comunidad científica gallega especializada en este área, el descubrimiento ha sido "realmente importante". Los arqueólogos de la Universidad de Santiago de Compostela (USC) Ramón Fábregas y Arturo de Lombera resaltan que el hallazgo ofrece más información y luz sobre las raíces de la aparición del género humano.
Los restos de Ardi fueron localizados hace 17 años en Egipto. Sin embargo, no fue hasta esta semana que investigadores norteamericanos han publicado sus conclusiones planteando algo que llevaba años rondando sus cabezas: que el humano y el chimpancé procedan de antepasados distintos.
Se cree que las líneas de primates–chimpancés, por un lado, y homínidos, por otro, se separaron hace siete millones de años. Esta hipótesis no se confirmará hasta que se resuelva elvacío de fósiles de homínidos y primates de entre cinco y siete millones de años de antigüedad.
Un primitivo antepasado
De momento, Ardi está considerada como el antepasado más antiguo del ser humano. Sin embargo, el equipo que la descubrió considera que es mucho más "primitiva que un chimpancé", aunque presente algunos rasgos homínidos. Por una parte, trepaba con sus cuatro extremidades por los árboles pero al bajar de las copas andaba erguida sobre sus dos pies. Su cabeza era similar (en tamaño) a la de un mono aunque sus manos, muñecas y pelvis se parecían más a la de los humanos actuales ya que nunca caminaba apoyando los nudillos como los actuales chimpancés o gorilas.
Durante décadas, la comunidad científica ha ido buscando al candidato más probable que sirviese de unión entre los primeros humanos y los primates. Hasta el descubrimiento de Ardi, se señalaba al Orrorin tugenensis (una especie bípeda) como la pieza intermedia entre los primeros Australopithecus y los chimpancés. Ahora, el lugar lo ha ocupado el Ardipithecus ramidus.
¿La respuesta al enigma?
El análisis minucioso del esqueleto de Ardi –una hembra de 1,20 metros de altura y que pesaba unos 50 kilos– ha mostrado la evidencia de que el denominado eslabón perdido (el hipotético especimen que uniría a humanos con sus pasados simios en la evolución) está más que nunca en entredicho. Los autores del estudio –de la Universidad de California– indican que los homínidos y los monos africanos parecen haber seguido rumbos evolutivos diferentes y ya no se puede considerar que los chimpancés sean representantes de nuestro último antepasado común.
"El eslabón perdido... Es muy difícil verlo. La evolución –explica el gallego Arturo de Lombera– no es lineal sino ramificada. Hay ramas de homínidos que se extinguieron por selección natural o cultural mientras otras ramas fueron sobreviviendo, continuando. Ardi tiene bastantes puntos para parecer el antecedente pero hacen falta más restos y encontrar otros fósiles que permitan seguir esta pista hasta hace tres millones de años".
Precisamente, uno de los principales problemas de los investigadores es que existen muy pocos restos de más de tres millones de años.
Este tipo de hallazgos salen siempre al encuentro de los arqueólogos, antropólogos e investigadores de forma casi imprevisible. Un ejemplo fue el registrado en el año 2004, cuando se creyó haber localizado al eslabón perdido en Cataluña.
Un equipo del Instituto de Paleontología se encontró con un colmillo de forma inesperada. Tirando del hilo, los investigadores lograron desenterrar 83 huesos de 13 millones de años de antigüedad. A este antepasado, entre el chimpancé y el hombre, lo bautizaron como Pierolapithecus catalaunicus y la investigación también se publicó en Science.
En la revista científica, se explicó como el Pierolapithecus trepaba por los árboles de los que recogía frutas para alimentarse. En su caso, los omóplatos se extendían a lo largo de la espalda como en los seres humanos, aunque su cara era corta y tanto los dedos de las manos como de los pies eran cortos, rasgos característicos de los primates

(tomado de farodevigo.es)

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